El brillante ojo entreabierto de Dios —o de algún Arcángel, o de algún Querubín, quién puede saberlo— vigilaba el despertar perezoso del cachorro-leopardo.
La princesita de chocolate y sucedáneo de cristal estaba preocupada únicamente en recrear el mito de Narciso, pero yo hubiese dado cualquier cosa por acabar de despintarle la laca roja de sus uñas.
Pisé despacio el lienzo pardo que a aquella hora casi obscena de la madrugada cubría el parque, y las hojas crujieron bajo mis pies. Pensé que el sonido debía ser parecido a un tsunami salvaje de lombrices de color sangre, brillantes y viscosas.
Revolví un poco las hojas con la punta del zapato, ensayando dibujos geométricos perfectos, pero debajo había más.