Si se moría, si se reía, si era devorado por los silencios, como una navaja de hielo en la garganta, si le rodeaban las teclas del piano, él siempre quería estar allí.
Pero de eso hace ya mucho tiempo. Demasiado, tal vez.
Al chico de la camiseta roja, zapatillas rojas y rojo el teléfono móvil le hubiera encantado ser un mutante. Al menos durante los próximos cinco minutos.